Reflexiones, ideas y anécdotas de una mamá puérpera...
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sábado, 12 de mayo de 2012

El Poder del Discurso Paterno. La Juventud y el encuentro con la Propia Sombra.



La "falta": best-seller multigeneracional.

   Sí, Laura Gutman. Sus libros hoy pasan por tantas manos, sus palabras nombran realidades que han sido calladas, revaloriza y redefine el puerperio, no como esa "cuarentena" de recuperación física y abstinencia sexual que abuelas y madres se han permitido, si no, como el complejo, desafiante y posiblemente enriquecedor momento posterior a la "erupción volcánica" que es parir a un hijo. 
   Esta mujer, nos acerca la vivencia desde la mirada del niño recién nacido, plagado de necesidades viscerales: contacto, pecho, leche, arrullo, caricias, sostén, mirada... mamá. Y caemos en la cuenta de que la mayoría de los adultos de hoy y de ayer y de más atrás, fuimos niños con falta de ello, que para sobrevivir a la falta tuvimos que adaptarnos, amoldarnos, que adoptamos el discurso sobre la realidad nombrado por ese ser amado al que tanto necesitamos y no se encuentra disponible. La falta se transforma en carencia, carencia que necesita ser alimentada, colmada, calmada. Nos llega la ma/paternidad, con ilusión, inclusive con idealización. Se produce el choque, la colisión entre las necesidades urgentes del pequeño en brazos y nuestras propias necesidades pasadas no satisfechas. Y nuestro niño interno luchará por calmar su vacío creado en otro tiempo, mientras el verdadero (y único) niño de hoy nos reclamará, con todas las herramientas que tenga a su alcance, para que saciemos su pedido legítimo. 
   Laura Gutman nos alerta que resulta inevitable e imprescindible, para poder conectar, para poder "leer" a nuestros hijos, y comprender sus necesidades, mirar hacia atrás nuestra propia historia, enfrentar nuestra sombra, ese lugar en el que desde niños hemos ido depositando aquellas vivencias, sensaciones, privaciones, porque nos resultaba demasiado duro, demasiado doloroso como pequeños seres incorporarlas a la conciencia. La ma/paternidad y en especial, el puerperio es la oportunidad de cuestionar y cuestionarnos la forma en que hemos sobrevivido hasta ahora, el rol que hemos interpretado, en pos de construir relaciones reales, sinceras y más sanas con nuestros hijos.


Se dice de mi

   En la mayoría de los libros de Gutman, es el discurso materno, es decir la forma en que mamá nos presentó el mundo, organizó la realidad tanto interna como externa y se ha relacionado con nosotros, lo que incide profundamente en nuestra constitución psíquica y emocional. Pero hay ocasiones donde el discurso que "suena más alto" es el paterno. Y este es mi caso. 
   Fui la primer hija, de un matrimonio joven, aquel que me ha conocido desde esos tiempos me recuerda y me recuerdo, como una niña sorprendentemente extrovertida, fantaseosa, expresiva, que vibraba al bailar y se sentía libre y poderosa cuando lo hacía, me recuerdo sin importarme que mis zapatos "de salir" no combinaran con mis joggins ya que estaba determinada a lucirlos a toda costa, me recuerdo disfrazada yendo a comprar o jugando en la calle, me recuerdo sintiéndome protagonista y heroína de una película imaginaria. Esa fui yo de muy pequeña.
    A los cuatro años, llega a la vida de la familia, quien sería mi gran compañero de aventuras: mi hermano (luego, años después tendría otros a los cuales amo profundamente, para ese entonces la familia ya calificaba como del tipo "ensamblada").
   Dos años más tarde, gran crisis, divorcio. Cambio de estructura familiar, de barrio y de colegio. 
   La relación con mi padre y su participación en mi vida, (y yo en la de él) comienza a delinearse. Se establece un vínculo que muchos años después podría comprender. Empiezo lenta y tempranamente a ejecutar el rol que se me asigna: sostenedora emocional de un padre, confidente, protectora, generadora de soluciones. Eso es lo que se espera de mi, son las características que se me asignan y a través de las cuales se demuestra orgullo y aprecio. Al mismo tiempo se va generando la imagen de un padre abnegado, desamparado y víctima. Veo el mundo a través de ese prisma y funciono a la perfección auxilando, escuchando, manteniendo en pie a un adulto, sin ser consciente de ello, mientras soy una niña y así aunque los años no lo evidencien, mi infancia culmina, porque paso a tener la conducta adulta en esta relación. Comienza la angustia que se va profundizando, terapia infantil, análisis de lo superficial, que siguiendo la cronología y la lógica de los hechos hace pensar que se trata de los sentimientos "esperables" en un niño cuyos padres se han separado (y de forma poco sutil). La vida sigue así y la sombra se va haciendo más grande.

  
   El Lado Oscuro de la Luna

    Los años pasan y cada uno va formando una capa de un corsé que aprieta siempre un poco más. No  siento que tenga otra alternativa que responder, ahora no sólo a mi padre, sino al mundo entero de acuerdo a lo que espera de mi, sólo así me sentiré segura, amada y merecedora de ese amor. La exigencia es desmedida. No me permito fallar, no me permito actuar de otra forma que no sea la apropiada y esperable, no me permito ponerme en primer lugar ya que las necesidades de mi padre y todos los demás están primero, ya es casi inexistente aquella niña de los principios. Es agobiante, extenuante, es... IMPOSIBLE. Termino mis estudios secundarios y llegan los tiempos en donde mis espacios sociales se reducen a velocidades impensadas, comienzo a tener problemas para desenvolverme, para socializar, sólo puedo mantener un pequeño grupo de relaciones, ya que se torna peligroso ampliar el número de personas a las cuales "responder debidamente".
     Viendo esta realidad, comienzo asustada un camino, que tiempo después comprendería, se trató del encuentro con mi gran, oscura y profunda sombra.


   El Trabajo Dignifica

   Lo que obtengamos de una terapia no es el resultado de un acto de magia. Para que sea eficiente, es necesario saber que será un camino arduo, confuso, molesto, desafiante, esquivo y con la característica de NO responder a la urgencia de nuestras necesidades. Por más imperiosa que sea nuestra necesidad de solución, el proceso tiene su tiempo, y abrir, sacar afuera, verbalizar, confrontar la sombra que hemos mantenido a raya requiere de un trabajo donde muchas veces encontramos resistencias, a veces éstas provienen de afuera y muchas otras (las más difíciles) de nuestro interior. Yo lo supe. Porque estaba completa y absolutamente perdida. Sabía que no sería ni fácil, ni rápido. Que volverme a encontrar, a reconocerme por mí misma, conllevaría una tarea donde muchas veces desearía bajar los brazos, lo sabía porque estaba en mi peor momento. 
   Comencé a trabajar, a recordar, a conectar hechos, sentimientos, y registrar MIS necesidades y a intentar COMUNICARLAS. Los cambios, en forma lenta pero paulatina comenzaron a llegar, cada exigencia que me había autoimpuesto se fue desvaneciendo, como una capa que desaparece acercándome a mi verdadero yo, a mi ser más auténtico, y en el transcurso de la metamorfosis, me enamoré de alguien... y alguien se enamoró de mi.
    La relación con mi padre se deterioró, se cayó la imagen que él proyectaba y vi todas las grietas, vi la desprotección emocional y el desamparo. Mi desafío sería correrme del lugar asignado... el detalle es que practicamente toda mi vida me había mantenido allí, salir de ese casillero me daba temor, porque si dejaba de ser lo que él quería que fuera.... entonces que sería yo? y... qué sería yo para él?


    Cambia... todo cambia.

   Y lo impensado un día sucedió, un día, dije "hasta aquí", un día dije "yo no quiero más esto", un día renuncié al beneficio estar en un lugar seguro a costa del sacrificio de mi salud y mi felicidad. No creí que fuera posible, pero di un paso al costado. Fue duro y es una decisión que debo tomar periódicamente, porque la materialización de esto fue el distanciamento total y absoluto. No había otra manera. Cuando el otro no tiene posibilidad de revisar su discurso, de reflexionar sobre sus acciones, cuando se niega sistemáticamente a asumirse responsable de sus actos, niega la chance del intercambio. Y sin intercambio no hay posibilidad de modificación.
   Si bien ya había avanzado muchísmo, hubo un hecho que generó este salto de fe, fue el momento en que, después de desearlo, elegí ser mamá.    
Estas transformaciones, tienen una simultaneidad y conexión que pude ver tiempo después: cuando decidí transformarme en madre, pasé de sentirme una niña que espera satisfacer la CARENCIA de algo que nunca llegará, para sentirme mujer que TIENE para dar.

    
   Es así como el puerperio me ha encontrado. No es que mi sombra haya desaparecido, la sombra siempre está, la ventaja es que yo ya he nadado en oscuras profundidades, me vi cara a cara con mi lado más oscuro: me descubrí mirando la vida y mirándome a mi misma apropiándome del discurso paterno, haciéndolo mío, sintiéndome víctima imposibilitada de cambiar las circunstancias que me apremiaban, ver aquello del Otro que me daña, en MI, fue terriblemente doloroso.

   Hoy atravieso un puerperio que siento mágico y revelador, la locura más sana que he vivido, que por momentos me trae dudas y desafíos, que me genera miedos e incertidumbres, pero tengo un camino recorrido, un trabajo hecho, y un conocimiento de mi misma (de mi luz y mi sombra) que son las herramientas que utilizo para salir a flote. Y estoy atenta, y me pregunto y repregunto.
  Me siento segura en mis relaciones y con mis afectos, escuchando, apoyando y acompañando, de la forma en que puedo y cuando lo deseo. Puedo disfrutar de mi hijo y mi maternidad plenamente, con cada célula de mi cuerpo. No aspiro a la perfección, pero sí a ofrecerle mi amor y buscar hacerle sentir que será este, un amor infinito y desinteresado.

  Hoy puedo decir que con mucho esfuerzo, con personas hermosas, a las que estaré siempre agradecida, que me han acompañado desde siempre en esta travesía, me reencontré y me animé a ser YO. Si,  es verdad que hay más riesgo en ello... pero también... más recompensa.






    



martes, 15 de noviembre de 2011

Temiéndole al límite

   A partir del título de este post uno podría pensar, que el tema principal del mismo sería los "famosos" límites a nuestros hijos (si son buenos, malos, necesarios, si se enseñan o se adquieren, etc.).
   Pero en realidad no.
   Como ya conté en la entrada "Bebes de mi...segunda parte". La dentición de Luca es un tramo difícil. Lo es sobre todo para mi. Con los dientes que ahora está cortando ya contamos una dentadura con una decena, es decir diez unidades. Cuando Luca corta dientes, rara vez tiene fiebre o se inquieta, pero siempre babea y lo más difícil: cambia su patrón de succión (aumenta la presión paulatinamente con los dientes durante la mamada) y eventualmente me muerde.
    Esta particularidad, hace que durante estos tiempos darle la teta sea muy pero muy doloroso para mi. El dolor puede durar hasta el otro día o más. Y es algo que no me gusta contarlo demasiado, siento que es hacerle mala publicidad a la lactancia y que mis interlocutores se queden con la idea de que dar el pecho es doloroso. Tengo muy en claro que este dolor es sólo durante la salida de los dientes de Luca y que esto que nos pasa a nosotros no le tiene que suceder inevitablemente a todo el mundo.
    Pues bien, ante esta situación, intento enseñarle a Luca a no morderme, se lo explico, se lo pido por favor, sabiendo que no lo hace a propósito, que aún no asocia que lo que yo siento lo produce él.
    Pero el domingo, después de darle la teta todo el día con este patrón de succión intenso, mis pechos me dolían mucho, muchísimo. Al llegar la noche, y estando acostados para dormir, él estaba inquieto, daba vueltas, me pedía la teta, la largaba (cada vez que hacía esto me dolía), y yo explicándole que no lo hiciera. Hasta que tomando me mordió y giró la cara hacia afuera y vi las estrellas mal... y pegué un grito terrible, "LA PUTA MADRE LUCA!". Si con puteada y todo. Me miró asustado, sollozando, volvió a agarrar la teta y se fue quedando dormido. Y a mi se me fueron cayendo las lágrimas una a una, de tal forma que cuando salía de la habitación lloraba intensamente.  No, no era que se me vino abajo la idea de ser la madre perfecta, porque no es lo que intento, tampoco era que con ese grito se borraba de un plumazo mi trato amoroso habitual hacia él. Era que sentí el límite. Por primera vez. Desde que nació Luca, nos fuimos amalgamando juntos, creando nuestro equilibrio, y si bien siento que hay días más intensos que otros, algo de resto queda, una sonrisa más encuentro, otra canción me acuerdo, algún juego entretenido me invento. Inclusive ahora, que teniendo mayor independencia en su desplazamiento, llega a rincones no aptos para bebes. Y todo esto sin sentirlo forzado, es como un fluir. Pero el domingo no, el domingo me salió un grito que yo sentí violento y eso me dolió. Porque no me reconocí en ese alarido, o en ese sentimiento de amor intenso pero a la vez rechazo hacia mi hijo por el dolor físico. Era como si no fuéramos nosotros. 
Y lloré, lloré por todo eso y lloré porque nada quiero enseñar gritando, porque no me siento cómoda en ese lugar, porque lo siento un lugar violento.
Y lloré y mucho, porque me asusté, me asusté de encontrar mi límite, me asusté de sentir miedo a descubrir que sí hay cosas ante las que puedo reaccionar así...


martes, 27 de septiembre de 2011

Poniéndole el pecho...



   Y bueno, una vez más un nuevo desafío "láctico". Sí, porque desde hace dos días uno de mis pechos me viene molestando mucho. Tengo un dolor, como si me hubieran golpeado, como un morentón, y está bien dificil ofrecerlo al peque. Después de hablar con mi amiga Meli, llegamos a la conclusión que tal vez sea un conducto tapado, o en vías de, entonces estoy tomando todas las precauciones, paños tibios antes de la mamada, masajes, cambios de postura en la toma (lo cual con el peque tan inquieto y explorador como está es un desafío) y seguir dándole ese pecho aunque sienta dolor (auch).  No mejoré mucho, pero tampoco estoy peor, veremos como sigo en los próximos días.
    Lamentablemente esa no es mi única dolencia, ya que hoy al levantarnos quise dejar a Luca en el piso para empezar a preparar el desayuno y chan! Un dolor en la cintura como si me partiera en dos! Despacio, lo pude dejar y me arrimé una silla, me senté y empecé a tratar de respirar hondo para no ponerme más dura. Y así estoy, con dolencias varias y algunas preocupaciones por afectos con los que me gustaría estar pero aún no puedo.
    El peque por suerte de buen humor, sólo que hoy llora un poco más... porque yo tardo un poco más para todo (voy en cámara lenta :S) y no le puedo jugar como todos los días.
    Pero bueno, ya me iré reponiendo de a poco, igualmente tengo una noticia feliz, y es que le han dado el alta al bebe recién nacido de una familia amiga y ya están los tres en su casita empezando a disfrutarse. Eso pone una sonrisa en la cara a cualquiera verdad? :)

domingo, 7 de agosto de 2011

Bebes de mi... segunda parte

   Como conté en la anterior entrada, dividí mi experiencia de lactancia en dos partes. La primer parte la narré hace tiempo, cuando Luca tenía tres meses. Ya nos habíamos establecido, habíamos aprendido y nos acoplábamos perfectamente. Nos disfrutamos mutuamente. Alrededor del 4to mes, comencé a sentir unas molestias durante las tomas, leves, a las cuales no les presté demasiada atención y aposté a que se irían. Consulté con las mamás de mi grupo de puérperas, si habían sentido algo similar, me contaron que no. Los dolores se comenzaron a intensificar, era en el pezón y luego de cada toma, persistía hasta pasado un rato. Comencé a buscar ayuda: escribí y llamé a Fundalam, La liga de la Leche, consulté con el pediatra de Luca y con la puericultora a la que había acudido anteriormente. La mayoría conincidía en que podría tratarse de micosis, es decir, hongos. Me explicaron que esto podía ser común, y me recomendaron que antes y después de cada toma, me limpiara con agua con bicarbonato o con vinagre de alcohol. Lo que no cerraba mucho, es que si fueran hongos, Luca tendría que tener también y NO los tenía.
   El dolor era cada vez más fuerte, por momentos, se me hacía muy pero muy dificil darle el pecho.
Llevé a cabo las recomendaciones que me dieron, pero no daban resultado. Comencé a angustiarme mucho, a temer que nuestra lactancia estuviera en jaque otra vez y como el tratamiento que me habían dado no funcionaba, estabamos sin saber QUÉ era lo que pasaba. Y sentí como si de pronto todos comenzaran a mirarme a mi, a dudar de mis ganas de amamantar a Luca. Dolor físico y angustia emocional.
Y un día la llamé a Marina, mi partera. Y me invitó a su nueva casita y me dijo: "Venite y charlamos así de paso te miro si tenés alguna grietita o algo". Y fuimos. Y otra vez el calor de hogar, y esa sensación de estar acompañada, me inundaron recuerdos de mi embarazo y su voz me llevó hacia mi parto y mateamos y nos reimos y hablamos. Y me revisó, tenía una pequeña grietita en un pezón, teniendolo a upa a Luca le miró la boca y me dijo que le parecía que Luca podía a estar cortando algún diente. Lo vio tomar la teta y me recomendó estar atenta a la postura de los labios, me prestó un libro y un almohadón de lactancia mucho más cómodo que el mío. Y nos volvimos a casa... no habíamos encontrado la solución exacta pero yo ya me sentía de otra manera. Cuando llegué a casa, me acordé de una foto que le había sacado a Luca en la semana, donde se estaba riendo. Fui enseguida a la compu y la busqué y busqué otra, de un tiempo atrás... y esto es lo que vi:

   Luca estaba cortando sus primeros dientes!!! Felicidad, alivio, muchas emociones juntas. Ahora sabía qué pasaba!!! Y la angustia... se fue.
   Sus dientes aparecieron semanas después y volvimos a nuestro cauce otra vez. A disfrutar a pleno, con cuerpo y alma.
Ya estamos en los siete meses y medio de lactancia exclusiva, Luca volvió a cortar dientes otra vez. Esta vez de arriba, primero los dos incisivos y ahora las paletas. Es un proceso dificil para los dos, pero le ponemos garra. En fin, esta hasta el día de hoy es nuestra experiencia de lactancia. Siempre estuve de acuerdo con la lactancia materna, por sus beneficios, por ser lo natural. Pero dar el pecho a Luca, es una experiencia maravillosa para mi, llena de amor, de paz, de conexión, estas son las verdaderas razones que me impulsaron a seguir adelante y lograrlo una vez más.       

sábado, 30 de julio de 2011

Pensar el parto

El parto es un momento fundamental y fundacional de la familia. Poco se sabe y muchas veces poco se quiere saber sobre él. En el imaginario de la mayoría el parto siempre está relacionado al sufrimiento, con esa idea, es bastante lógico que se quiera tomar distancia de este hecho. Las preguntas que más escuché tienen que ver con el dolor y la duración. Desde mi experiencia me cuesta contestarlas, no sólo porque los umbrales de dolor son distintos en cada ser humano, sino por el significado que tenga ese dolor para cada uno.
Creo que el embarazo no se trata simplemente del período donde el cuerpo se transforma y modifica para nutrir y albergar a nuestros hijos, es el tiempo que la naturaleza nos da para comenzar una búsqueda, la búsqueda de ese instinto visceral que TODAS tenemos. Son 40 semanas (algunas más, algunas menos) para maravillarnos con los cambios de nuestro organismo, que nos van contando ese secreto que en la actualidad está acallado por tantos. El secreto es que nosotras podemos. Nosotras sabemos. Nosotras, desde lo cuantitativo necesitamos muy poquito para parir: un ambiente seguro, una persona que tenga conocimientos y la persona que nos ama al lado. Desde lo cualitativo necesitamos mucho: que el ambiente seguro sea cálido, confortable, adecuado a las necesidades de la mujer, que esa persona con conocimientos tenga actitud de compañía y no de mando, y que nuestro ser amado esté emocionalmente disponible para atravesar el momento. Es poco y es mucho. Y en la actualidad debe parecer tanto que son pocas tirando a nulas las posibilidades de contar con ello en una institución médica.
Yo no tenía conocimientos del parto en casa, yo no sabía demasiado sobre los procedimientos innecesarios de rutina a los que se somete a la mujer y al niño recién nacido en los partos institucionales, yo sospechaba sobre las cesáreas, pero no imaginaba la magnitud de su aplicación sin ton ni son y las consecuencias nefastas que pueden llegar a acarrear en el cuerpo y el alma de una mujer y su bebé cuando este procedimiento es totalmente injustificado. Yo no lo sabía, pero ahora lo se. Lo se porque no me conformé, porque por un rato salí del ensueño del embarazo y me enfrenté a mis miedos y porque buscando encontré. Encontré a mi partera, que me entregó la batuta, me hizo saber que YA era momento de tomar decisiones, que mi función de madre YA se había activado.
Aprendí sobre mi cuerpo, sobre los mecanismos perfectos que pone en marcha, revisé mi historia personal, fui en contra de la corriente: PENSE MI PARTO.
Mi partera me devolvió algo que se me estaba negando, me devolvió mi parto... pero porque yo se lo fui a pedir.
Pensar el parto en sí mismo es como un tira y afloje. Por un lado nos interiorizamos en cuanto a sus etapas, podemos preparar nuestros cuerpos practicando alguna actividad, preparamos nuestras casas (si es que elegimos que allí se desarrolle), tratamos de tener todo listo, y por otro lado es necesario dejar fluir, asumir que no todo puede controlarse, que no podemos predecir algo que es impredecible. Cuando yo logré este equilibrio entre estas dos actitudes, pude parir. Fue pensar el parto, para no pensar "durante" el parto.
"¿Sufriste mucho?" me preguntan. No, no sufrí, sí, sentí dolor, pero no sufrí el dolor. Porque fue un dolor que se incrementaba escalonadamente, porque sabía que ese dolor se correspondía a determinado proceso que se estaba llevando a cabo en mi interior y porque en algún momento iba a finalizar ("Todo lo que empieza tiene que terminar" me repetía para mis adentros, parecía La Pitonisa, de Matrix jajaja) y porque ese dolor es el que me traía a mi niño. Generalmente las cosas hermosas de la vida, no nos caen del cielo (o al menos a mi) sino que hay que poner algo de uno... y este iba a ser mi mayor esfuerzo, por mi, para cuidarme y respetarme y para él para que desde el primer latido de su corazón fuera de mi vientre se sienta cuidado, respetado y amado.

viernes, 29 de julio de 2011

Para empezar... mejor por el principio!

Me dispongo a explayarme, en mi primera entrada... ta tan ta taaaaan! Como ya conté por algún otro lado, soy Flor, mamá de Luca de 7 meses, tengo 27 años y estoy nadando en un mar de hormonas puerperales. Haciendo honor al momento mágico y caótico que estoy viviendo, voy a redactar el día en que empezó, es decir, mi parto respetado, mi parto tan amado. Aquí va!


   Luca ya tiene siete meses. Han pasado siete meses desde aquel 23 de diciembre en el que nació y a medida que nos vamos alejando de ese día lo voy recordando aún más.
   Fue el 9 de abril del 2010, por la tarde, cuando esas dos rayitas aparecieron y nos confirmaron lo que veníamos deseando: nuestro primer hijo ya estaba en camino. La alegría, la sorpresa y la emoción nos mantuvo durante cinco minutos diciendo: “¡¿Y ahora qué hacemos?!”, “¡No sé!”, contestaba yo. Una vez que pudimos avivarnos un poco del aturdimiento (nunca fue del todo, maravillosamente aún no lo es), pasamos al siguiente paso lógico (después constataría yo que no lo es tanto) y sacamos turno con un obstetra.
   Primera consulta, toma de datos, confección de fichita, órdenes para estudios, te veo la próxima. No me cerró. ¿No hay nada más para decir? ¿Alguna recomendación? ¿Nada de nada? Segundo obstetra, ídem anterior, pero un poco (solo un poco) más cálido. Con él transcurren algunos meses, pero con el correr del tiempo, me doy cuenta que no sabía mi nombre, que las consultas solo se limitaban a ver resultados de estudios y hacer órdenes para los del mes siguientes (luego me enteré que algunos de ellos eran optativos). Angustia. Luego de cada control, angustia. “¿Voy a confiar en esta persona para vivir uno de los momentos más importantes de mi vida?”. Poco entusiasmo con el parto, ganas de que no llegue, temor. ¿Temor a qué? Si se supone que la seguridad está AHÍ. La cosa seguía sin cerrarme.
   Llegué a Marina alrededor del 5to. mes de embarazo. Recuerdo que fueron dos cosas puntuales las que iniciaron la búsqueda que me llevó a ella (aunque claro, yo todavía no sabía que la había iniciado). Por un lado el trato frío, impersonal, breve de los obstetras. Por el otro, algo que me llamaba poderosamente la atención: la episiotomía.  Pensaba: ¿Cómo puede ser que el cuerpo de la mujer se adapte durante 9 meses al crecimiento de otro ser en su interior y sea necesaria una intervención como la episiotomía para que ese ser pueda salir? Yo estaba viviendo el cambio día a día, observando a mi cuerpo modificarse para contener, alimentar y proteger a mi bebé, cómo podía ser que no esté listo para dejarlo salir sin que lo tengan que cortar?. Y que esto sea así en TODAS las mujeres. No. Yo quería probar si podía, si podía sin la episiotomía, si podía sin la anestesia, porque cómo dar por sentado que era necesaria si nunca había parido, si no conocía mi umbral de dolor. Bueno, ya iba teniendo en claro esas cosas, lo que NO quería, pero el obstetra… ¿lo respetaría? Empecé a leer en Internet, sobre el parto respetado, el parto humanizado, sobre el respeto de los cuerpos, de los tiempos, sobre el parto como proceso vital y no patológico… y debo decir… me entusiasmé. Tiré del ovillo y este se empezó a desarmar ante mis ojos. Peridural, oxitocina artificial, posición de litotomía. Una cosa le sucedía a la otra y del otro lado de la balanza: parto respetado, parto humanizado, parto… en casa. ¡Clic! ¡Clic! ¡Clic! Casi pude oír conectarse mi mente, con mi cuerpo, con mi corazón. ¡Sí! Eso es lo que busco, eso es lo que SIENTO correcto PARA MI, sólo que no sabía que era posible, que existía.
   Y llegué a la página de Marina y me enamoré de las fotos (me gusta mucho la fotografía) y vi calidez y vi simpleza.
   Había descubierto otra posibilidad, pero sabía que no estaba sola en todo esto, también estaba mi compañero, Andrés. Nerviosa, al volver del trabajo, en la cocina, poco a poco le fui contando mi descubrimiento, rogando por dentro que estuviera abierto por lo menos a la posibilidad de informarnos. Me sorprendió (aunque en realidad no se por qué tanto, ya que es un gran compañero) y me dejó pasmada cuando me respondió: “El parto va a ser como vos necesites que sea… y yo te voy a acompañar”. ¡Qué felicidad saber que ya lo tenía a bordo de este viaje!
   Me puse en contacto con Marina, escribiendo un mail, contando nuestra situación. Al poco tiempo recibimos su respuesta y concertamos nuestro primer encuentro en su casa. Calidez, mates, Ulises (su bebé) entre nosotros, charla, deshago, preguntas, dudas, expectativas, deseos, todo eso en 3 horas increíbles. Antes de irnos “vamos a escuchar a Luca”, lo escuchamos todos y nos enseñó cual era el latido de su corazón y cual el del cordón umbilical. Esa es una de las cosas que más me gustan de mi partera (si, el verbo en tiempo Presente, porque así la siento) la generosidad de compartir su conocimiento (más adelante le enseñaría a Andrés a buscar a Luca en la panza y a saber en qué posición se encontraba). Nos fuimos con material para leer. Y yo estaba… ¡CONTENTA!
   Así fueron sucediendo los encuentros y los meses y transformé y resignifiqué la idea de “dolor”. Me dí cuenta que mis miedos tenían que ver con no ser respetada ni acompañada como yo necesitaba. En cada uno de nuestros encuentros pude hablar, preguntar, pensar nuestro parto. Marina nos proporcionó mucho material de lectura interesantísimo, como así también videos y documentales. Empezaron a circular por mis manos Michel Odent, Ina May Gaskin, Frederick Leboyer, Laura Gutman. También fui leyendo testimonios de otras mamás, experiencias, relatos. Las semanas pasaban y la fecha probable de parto se acercaba: 14 de diciembre, nos dijeron Marina y Olga “15 días antes o 15 días después”. Yo trabajé hasta la semana 36.
   Pasó la fecha, todos se empezaban a poner ansiosos y el “¿Y… para cuando?” era la pregunta que respondía más a menudo.
   Yo estaba tranquila, sin nervios pero expectante. Habíamos preparado todo lo que necesitábamos en casa. Solo quedaba esperar. Y esperamos. Pero cada día que pasaba se acercaba a otra fecha, a la fecha límite. Recuerdo la última reunión con Marina en donde acordamos que si no pasaba nada durante esa semana, el próximo lunes 27 a las 8:00 de la mañana debería estar en la clínica para la inducción con nuestro obstetra de apoyo. ESO SI ME DABA MIEDO. Empecé a sentirme cada vez más ansiosa, temerosa de que las cosas no fueran como lo habíamos deseado, planificado. Tuve que trabajar esos sentimientos y dejar que todo fluya y que sea lo que sea.
   Marina nos había confeccionado un plan de medidas naturales de inducción que progresivamente día a día se irían sumando una a otra: homeopatía, te de hojas de frambuesa, caminatas de 25 minutos, hacer el amor, ir a una pileta y estar en el agua, etc. Como último recurso estaría la posibilidad de romper la bolsa. Pero… no fue necesario tanto, porque en la noche del tercer día de comenzar con todas estas “ayuditas” llegaron las contracciones. En un principio no estaba segura de que lo fueran, ya que sólo una parte de la panza se ponía dura (la consigna generalmente es que se ponga dura toda la panza). No sentía dolor, pero yo sabía que sería así, ya que había aprendido que la intensidad iría incrementando con el pasar del tiempo. Eran las 22:30 aproximadamente y con Andrés nos acostamos. Pude dormir, aunque cada tanto me despertaba entre contracción y contracción. Recuerdo que me concentraba en relajarme y respirar, sabía que el trabajo podría llegar a ser muy largo y no me quería cansar. Por la mañana la intensidad de las contracciones efectivamente había aumentado, junto con la frecuencia y duración, pero yo todavía estaba “acá”. Llamamos a Marina y le contamos. Quedamos en volvernos a llamar en un rato. Me recomendó que me diera un baño de inmersión y que descansara. Eso hice. Las contracciones subían en intensidad y al llamar a Marina decidió que ya era momento de que se sumaran al grupo.
    Cuando Marina llegó, después del mediodía, ahí sí que yo ya no estaba “acá”, estaba “allá”, en ese estado tan especial donde me sentí metida dentro mío, escuchando mis pensamientos, mi respiración. Yo conmigo misma. Sola pero no en soledad. Sentada en el borde de la cama, con los ojos cerrados, inspirando y expirando, recién después de un rato me percaté que Marina había llegado, ya que en silencio se arrodilló a uno de mis costados. Cuando abrí los ojos la vi y me sonrió y suavecito me dijo: “Vas bien diosa” y la vi contenta, entusiasmada. Marina me tuvo que tactar, para saber que efectivamente el trabajo de parto había comenzado y en qué punto estaba, ya que era necesario colocarme un antibiótico (sino este paso se hubiera obviado). Siempre con dulzura, siempre explicándome, me contó que ya tenía 5 cm de dilatación. ¡Era un muy buen augurio! Pero yo en mi interior no me quería aferrar a nada que me indicara una medida de tiempo, sabía que los trabajos de partos de primerizas son largos, y que aunque haya un buen progreso, el trabajo puede detenerse en cualquier punto (sobre todo por causas emocionales) y quedar ahí por horas. Entonces esto lo tomé con pinzas.
   Me bañé nuevamente. Cuando salía de mi ensimismamiento, le preguntaba a Andrés “¿Y vos…cómo estás?” (después nos reímos mucho de esto). Supongo que preguntaba porque no sabía como se veía todo desde afuera… yo estaba muy adentro mío.
   Al salir del baño, las contracciones más intensas. Recuerdo que fui nuevamente a mi bordecito de la cama, misma postura, ojos cerrados, respiración y sonidos que acompañaban el vaivén de mi cuerpo, que iba de derecha a izquierda y viceversa (era como si me acunara todo el tiempo, si me quedaba quita el dolor se sentía más). En un momento en chiste le dije a Andrés que me parecía a Ray Charles.
   Más intensidad, mayor duración y más frecuencia en las contracciones, y de repente ¡ganas de pujar! Y le dije a Marina, sorprendida porque no pensaba que tan pronto iba a estar pujando. Ella me contestó que haga lo que mi cuerpo me pedía. Me paré y comencé a pujar. La sensación es arrebatadora, todo el cuerpo pide pujar, es imposible resistirse. La posición que me resultaba más cómoda era sentada, probé caminar y otras posiciones (cuclillas, en cuatro, etc.) como me sugerían, pero si bien notaba muchos beneficios en el momento de pujar al tener tanta retención de líquido mis piernas me molestaban mucho. Iba cambiando, me abracé a Andrés y él me sostuvo, hasta que llegué al banquito de parto… ahí me quedé. Marina me contó que faltaba muy poquito para ver la cabecita, y me propuso tocarla pero dije que no. No porque me diera impresión, sino por lo mismo que no me aferré a los centímetros que había dilatado, no quería nada que me indicara un parámetro de duración. Al rato me lo volvieron a ofrecer, y lo pensé nuevamente y dije, que si, porque no me quería perder nada. Lo mismo pasó cuando se vió la cabecita, me ofrecían traerme un espejo y yo: “No”. Hasta que aflojé y dije si. Y lo vi.  Pero todavía faltaba y ya empezaba a sentir la sensación más complicada durante todo el parto: el ardor. Si, eso SI que fue difícil. Porque era mucho, porque era constante, porque parecía no terminar más, porque era un fuego. Y creo que ahí puse en cada pujo toda mi fuerza, porque necesitaba que ese ardor se aliviara. En un momento sentí un ¡tac! Supuse lo que era, pero no le di mayor atención, seguía pujando. Hacía rato mis sonidos se habían transformado en gritos, gritos que para mi sorpresa no eran de dolor, eran de fuerza, de potencia, de poder. Ese tipo de grito salvaje que antes de ser gritado por mi lo fue gritado por tantas otras mujeres. Y en un momento salió la cabecita, y Marina mientras me pedía que esperara a la próxima contracción para pujar desenredó las tres vueltas de cordón del cuellito, pero yo ya no podía detenerme, no podía contener esa fuerza arrolladora, y Luca…nació.
   Al segundo lo tuve en mis brazos y me sorprendí de su peso al recibirlo (3.900 Kg. luego lo supimos), lo miré, di la bienvenida. Andrés a mi lado. Éramos una familia.
   Marina me revisó y si, ese clic que sentí fue un pequeño desgarro, pero eso, yo ya lo sabía. Me realizó los pocos puntos necesarios. A partir de ese momento, mis ojos solo podían observar ese hermoso ser, mi atención estaba focalizada allí, era como una fuerza magnética, la atracción más poderosa que sentí jamás.
   A los pocos minutos nuevas contracciones y necesidad de pujar, pero esta vez, para expulsar ese órgano maravilloso llamado placenta, que nutría a mi pequeño. Yo no la vi, no podía, estaba hipnotizada por ese milagro perfecto en mis brazos.
    Una vez que el cordón umbilical dejó de latir, indicándonos que la placenta le había brindado su último esfuerzo y con ello valiosos nutrientes, Andrés lo cortó.
   Helado para celebrar y toda la vida para atesorar este recuerdo, para nutrirnos de él, para saber cómo llegamos hasta aquí y como debemos seguir: respetándonos, amándonos.
   Fuimos también acompañados por Marina y Olga en los tiempos posteriores, esos que son puro aprendizaje y particularmente nos brindaron mucho apoyo en lo que se refiere a lactancia.
   Hoy puedo decir que luego de informarme y leer supe que parir en casa y con parteras tiene muchísimos beneficios y ventajas, como el respeto de los tiempos naturales y la no aplicación de métodos invasivos, el apropiarse del parto y estar acompañada por una mujer que te ha conocido, que te ha escuchado y te ha descifrado.
   Hoy puedo afirmar que luego de parir en casa y con parteras, ya nada es igual en mi, descubrí una voz, como una pulsión, que me fue guiando, la cual me dice que con  apego es nuestra manera de crecer, que el colecho es lo que necesitamos, que la lactancia materna es a demanda, y que los tiempos sólo lo marcan el ritmo de nuestros corazones. Es por ello que a esa voz jamás quiero dejarla de escuchar.                       

    
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